Postimpresionismo1913
Comedor en el campo
Pierre Bonnard
El ojo del conservador
"La obra destaca por su audaz encuadre: la apertura de la puerta-ventana se convierte en el tema central, transformando el paisaje en un cuadro dentro del cuadro. El contraste entre los rojos y los verdes crea una tensión vibratoria excepcional."
Auténtica explosión cromática, esta obra maestra de 1913 captura el instante en que la luz exterior invade el espacio doméstico. Bonnard sublima la vida cotidiana fusionando el interior de su villa con la exuberancia del jardín normando.
Análisis
Comedor en el campo marca una etapa crucial en la madurez de Pierre Bonnard. Pintada en Vernonnet, en su casa apodada "Ma Roulotte", la obra testimonia su ruptura definitiva con el dogma nabi por una exploración pura de la sensación coloreada. Aquí, Bonnard no pinta un lugar, sino el recuerdo de una emoción visual. La puerta-ventana, motivo recurrente en su obra, sirve de umbral metafísico entre dos mundos: el confort ordenado de la burguesía y la fuerza indomable de la naturaleza. Marthe, su musa eterna, está apoyada en la ventana, creando un puente humano entre estas dos esferas.
El análisis profundo revela un trabajo sobre la luz que ya no es impresionista. A diferencia de Monet que perseguía el instante fugaz, Bonnard reconstruye la luz en el taller a partir de sus notas y su memoria. Esta luz no es direccional; parece brotar del propio lienzo. Los rojos de la pared y del mantel no son solo pigmentos, son vectores de calor que se oponen al soplo fresco del jardín. Es una pintura de inmersión total donde el aire parece palpable, cargado de partículas coloreadas.
El diálogo entre el interior y el exterior está orquestado con una complejidad rara. La ventana no es un simple corte, sino una zona de intercambio. Los reflejos en los cristales, las sombras coloreadas proyectadas sobre el aparador y la manera en que el verde del jardín parece "contaminar" los objetos domésticos ilustran la visión panteísta de Bonnard. Para él, todo es motivo de pintura, desde el simple azucarero hasta la majestad de los árboles normandos.
El personaje de Marthe, aunque en segundo plano, es esencial para la carga emocional de la obra. No es un retrato en el sentido clásico, sino una presencia familiar, casi espectral, que habita el espacio. Su silueta se funde cromáticamente en el decorado, reforzando esta idea de armonía universal. Bonnard explora aquí el "intimismo" no como un encierro, sino como una dilatación del yo en el entorno.
Finalmente, la obra prefigura las grandes decoraciones del final de su vida. La monumentalidad del formato y la audacia de las yuxtaposiciones coloreadas (rojo, azul, amarillo, verde) anuncian las investigaciones de Rothko o Matisse sobre la autonomía del color. Bonnard demuestra aquí que la pintura puede ser a la vez figurativa en su tema y totalmente abstracta en su fuerza plástica.
El secreto más fascinante de este lienzo reside en su génesis temporal. Aunque la obra parece tomada "del natural", Bonnard nunca pintaba del natural. Trabajaba de memoria, fijando sus lienzos directamente en la pared de su taller. Los estudios radiográficos han mostrado que la figura de Marthe fue modificada varias veces, cambiando de posición antes de encontrar ese equilibrio frágil en el borde de la ventana.
Otro secreto se refiere al espacio geográfico real. La casa "Ma Roulotte" tenía una arquitectura muy particular que dictó el encuadre. La puerta-ventana no se abría a un jardín llano, sino que daba al Sena. Bonnard ocultó deliberadamente el río para concentrarse en la densidad vegetal, transformando Normandía en una jungla casi tropical mediante la exacerbación de los amarillos y los verdes.
El mantel rojo oculta también un truco de colorista. Para obtener esta intensidad sin aplastar el resto de la composición, Bonnard superpuso veladuras transparentes de carmín sobre una capa base anaranjada. Este "secreto de cocina" pictórico permite que el color vibre según la iluminación ambiental del museo, dando la ilusión de que la mesa avanza físicamente hacia el espectador.
Existe una dimensión oculta relacionada con el olfato. Bonnard decía querer pintar "el olor de las flores y de la tierra mojada". Para lograrlo, utilizaba un toque fragmentado, casi "raspado", que rompe la luz y evoca la sensación táctil del aire cargado de humedad. Es un intento raro de sinestesia donde la vista debe convocar todos los demás sentidos.
Finalmente, un secreto más oscuro se esconde tras esta serenidad aparente. En 1913, Europa está en los albores de la Gran Guerra. Esta pintura representa uno de los últimos instantes del "mundo de ayer". La saturación de los colores y el aspecto protector de la casa pueden leerse como un baluarte desesperado contra el caos inminente del mundo exterior, haciendo de este jardín un paraíso perdido.
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¿Qué innovación conceptual en la gestión del espacio pictórico aplica Bonnard aquí para traducir su teoría de la "seducción de la vista"?
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