Barroco1629
El triunfo de Baco (Los Borrachos)
Diego Velázquez
El ojo del conservador
"Observe el asombroso contraste entre la piel de marfil de Baco y los tonos terrosos de los campesinos. Velázquez utiliza aquí una luz naturalista heredada del caravaggismo, pero le infunde una humanidad e ironía que prefiguran su genio de madurez."
Una obra maestra disruptiva donde Velázquez enfrenta la divinidad antigua con la cruda realidad del pueblo español. El dios Baco ya no es un ídolo lejano, sino un joven carnal que comparte vino con campesinos de rostros curtidos por el sol.
Análisis
Pintado justo antes de su primer viaje a Italia, este cuadro ilustra la transición mayor de Velázquez hacia el naturalismo mitológico. El mito cuenta que Baco, dios del vino y del éxtasis, trae a los hombres una liberación temporal de sus preocupaciones terrenales. Aquí, Velázquez reinterpreta este tema: Baco no está rodeado de ninfas etéreas, sino de mendigos y campesinos de la Castilla del siglo XVII. El dios corona a un joven soldado, actuando como un rey de burlas en una escena que oscila entre lo sagrado y lo profano.
El personaje de Baco está tratado con una sensualidad clásica, recordando los modelos antiguos, mientras que los "borrachos" (Los Borrachos) están pintados con una precisión psicológica desconcertante. Sus ropas gastadas, sus manos callosas y sus sonrisas desdentadas aportan una dimensión social inédita a la pintura mitológica. Velázquez no se burla de estos hombres; los eleva al rango de sujetos históricos, dándoles una presencia física y una dignidad que la pintura española reservaba hasta entonces a los santos o monarcas.
Esta obra es también una reflexión sobre el poder del vino como agente de metamorfosis. El vino no es solo una bebida, es el vector de una fraternidad universal que borra las jerarquías sociales. Al situar a Baco en medio de estos hombres humildes, el artista subraya que la divinidad se manifiesta en el placer compartido. Es una interpretación humanista del paganismo, donde la alegría de vivir y el sufrimiento humano se encuentran en un mismo espacio pictórico, creando una tensión narrativa fascinante.
La influencia de Rubens, a quien Velázquez conoció en la corte de Madrid poco antes, es palpable en la carne luminosa de Baco. Sin embargo, la austeridad de la paleta castellana y la atención prestada a los bodegones —como la jarra de barro y el cuenco de vino— anclan firmemente el cuadro en la tradición española. Velázquez logra aquí una síntesis perfecta entre el idealismo flamenco y el realismo ibérico, sentando las bases de lo que se convertirá en el estilo "español" por excelencia.
Finalmente, la mirada directa del campesino del centro hacia el espectador rompe la cuarta pared. Al invitarnos a participar en esta libación, Velázquez transforma el mito en una experiencia vivida. Ya no somos simples observadores de una escena antigua, sino los comensales de un banquete atemporal donde la realidad cotidiana es sublimada por el pincel del maestro.
Uno de los mayores secretos de este lienzo reside en su ambigüedad iconográfica: durante siglos, se ha debatido si Baco era una verdadera divinidad o un simple bromista disfrazado. Análisis recientes sugieren que Velázquez utilizó actores de teatro o marginados de la corte para posar, reforzando la idea de una "puesta en escena" del mito más que de una visión espiritual. Este desdibujamiento voluntario entre teatro y realidad es una marca de fábrica del genio de Velázquez.
Un secreto técnico concierne a la figura del dios mismo. La encarnación de Baco es claramente más clara e "italiana" que el resto del cuadro. Los historiadores del arte creen que Velázquez revisó esta figura tras haber visto las obras de Tiziano en la colección real, o quizás tras sus primeras discusiones con Rubens. Esta diferencia de tratamiento crea un aura sobrenatural alrededor de Baco, separándolo físicamente del mundo terrenal de los campesinos.
El personaje que sonríe frente al espectador esconde un detalle inquietante: sus rasgos son extrañamente similares a los de ciertos bufones de la corte de Felipe IV que Velázquez pintará más tarde. Es muy probable que el artista utilizara esta obra como un laboratorio para estudiar las expresiones faciales extremas y la psicología de los "hombres de placer" de la corte, integrando así una crítica social discreta bajo la cubierta de la mitología.
Existe un pentimenti (arrepentimiento) mayor bajo la capa de pintura: la posición del brazo de Baco fue modificada. Originalmente, su gesto era más formal y menos relajado. Al hacer al dios más "humano" y menos rígido, Velázquez acentuó la ironía de la escena. Este cambio muestra la voluntad del artista de alejarse del clasicismo rígido para abrazar un barroco más vivo y psicológico.
Finalmente, el cuadro fue pagado con 100 ducados por el rey Felipe IV, una suma considerable para la época. Sin embargo, no fue expuesto en las galerías públicas del palacio, sino en el dormitorio privado del rey. El secreto reside en el placer personal que el monarca sentía ante esta obra que mezclaba la grandeza del mito y la realidad del pueblo que gobernaba, viendo quizás en ella un espejo de la dualidad de su propia vida.
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