Rococó1767

El columpio

Jean-Honoré Fragonard

El ojo del conservador

"El cuadro presenta a una joven mujer en un columpio, impulsada por un marido anciano que permanece en la sombra, mientras un joven amante, escondido entre los arbustos, disfruta de una vista privilegiada bajo sus faldas. Un gesto audaz puntúa la escena: la pérdida de un zapato rosa, que vuela hacia una estatua de Cupido que impone silencio. La acción transcurre en una naturaleza salvaje e invasiva."

Apoteosis del estilo Rococó y del libertinaje del siglo XVIII, El columpio de Fragonard es mucho más que una escena galante. Es una celebración de lo efímero, del deseo y de la transgresión social, encapsulada en un jardín exuberante que parece respirar al ritmo de los amantes. La obra encarna el espíritu de una aristocracia en busca de placeres, justo antes de que la Revolución barriera este mundo de encajes y secretos.

Análisis
El análisis profundo de esta obra revela la complejidad del Rococó en su apogeo. Históricamente, el cuadro responde a un encargo preciso y escandaloso del barón de Saint-Julien, quien deseaba ser representado admirando las piernas de su amante. Fragonard transforma esta petición trivial en un monumento de la pintura atmosférica. El estilo se distingue por un toque vibrante y vaporoso, donde los contornos se disuelven en una luz lechosa, típica de la madurez del artista. El contexto mitológico se traspone aquí a un jardín "a la francesa" vuelto salvaje. La presencia de la estatua de "El amor amenazador" de Falconet no es casual: transforma el bosquecillo en un santuario de Eros donde las reglas del decoro quedan suspendidas. La técnica de Fragonard, que utiliza veladuras sucesivas para representar la transparencia de las telas y el aspecto empolvado de la piel, participa en esta estética de la sensación pura. Cada pincelada en el follaje parece traducir una agitación nerviosa. Psicológicamente, la obra juega con el concepto del voyeurismo consentido. El columpio, por su movimiento de vaivén, simboliza la inconstancia amorosa y la inestabilidad de los sentimientos. El contraste entre el marido, relegado a la oscuridad, y el amante, bañado por la luz, subraya la dinámica del engaño elegante propia de la corte de Luis XV. Es una imagen de la suspensión: suspensión física de la dama en el aire y suspensión moral de una sociedad que se niega a ver el fin de su era. Finalmente, la naturaleza en esta obra no es un simple decorado; es una extensión de los cuerpos. Los árboles atormentados, cuyas ramas parecen dedos garras o olas rompiendo, refuerzan el aspecto dramático y casi erótico de la escena. Fragonard logra capturar el instante preciso del abandono, donde el vuelo del zapato se convierte en una metáfora de la pérdida de la virtud, aceptada con una sonrisa radiante que desafía al espectador.
El Secreto
Un secreto técnico revelado por las recientes restauraciones de la Wallace Collection se refiere a la figura del marido. Los análisis han mostrado que Fragonard pintó inicialmente un personaje más detallado, antes de oscurecerlo voluntariamente para acentuar el aislamiento del amante y la dama en su burbuja de luz. Esta elección refuerza la narrativa libertina al borrar literalmente la autoridad marital. Otra anécdota histórica confirma el carácter subversivo de la obra: el pintor Doyen, a quien se le ofreció primero el encargo, lo rechazó por temor al escándalo, sugiriendo a Fragonard en su lugar. El barón de Saint-Julien había exigido que el clérigo que empujaba el columpio fuera identificable, pero Fragonard transformó al religioso en un marido burlado, haciendo la obra más universalmente irónica. Científicamente, el pigmento utilizado para el vestido es una mezcla compleja de blanco de plomo y carmín, aplicada con una rapidez que Fragonard llamaba su "fa presto". Los análisis de fluorescencia de rayos X han mostrado que el zapato no fue añadido después, sino que formaba parte de la composición inicial, demostrando que este detalle dinámico era el eje narrativo diseñado desde el primer boceto. Finalmente, el misterio del zapato perdido tiene un significado erótico preciso en el siglo XVIII: simboliza el desvestirse y el ofrecerse. La dirección hacia la que vuela el zapato no es aleatoria; apunta hacia la estatua de dos amores cabalgando un delfín, símbolo vinculado a Venus. Este sistema de signos ocultos convierte este cuadro en un verdadero jeroglífico visual para los iniciados de la época.

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Institución

Wallace Collection

Ubicación

Londres, Reino Unido