Rococó1777
El cerrojo
Jean-Honoré Fragonard
El ojo del conservador
"El gesto preciso del amante echando el cerrojo, cuya forma fálica resuena con el desorden de las sábanas y la manzana sobre la mesa, símbolo del pecado original."
Cumbre del erotismo sugerido del siglo XVIII, esta obra captura el instante fatídico en que el deseo se torna irreversible, entre la pasión y la transgresión.
Análisis
Pintada hacia 1777, "El Cerrojo" se inscribe en un periodo de madurez para Fragonard, alejándose de las escenas ligeras de estilo Rococó para una dramaturgia más oscura y estructurada. El contexto histórico es el de las Luces finales, donde el libertinaje ya no es solo un juego social sino que se convierte en una búsqueda de pasión absoluta, casi trágica. La obra fue encargada por el marqués de Véri como pareja de una obra religiosa, creando un contraste entre el amor sagrado y el profano.
El análisis mitológico y simbólico de la obra es omnipresente. Aunque es una escena de género contemporánea, el mito de la Caída se reinterpreta aquí. La manzana en el velador a la izquierda remite directamente al fruto prohibido del Edén. La habitación se convierte en el teatro de un nuevo pecado original. La psicología de la obra reposa en la ambigüedad del consentimiento: la mujer parece rechazar al amante con una mano mientras se abandona con la otra.
Técnicamente, Fragonard utiliza un toque fogoso pero controlado. El tratamiento de la luz es magistral, recordando la influencia de Rembrandt. Una iluminación única proviene de la izquierda, golpeando violentamente el satén del vestido y el rostro del hombre. Las texturas se rinden con virtuosismo táctil: el terciopelo pesado de las cortinas carmesí y la suavidad de los tejidos arrugados crean una atmósfera asfixiante y sensual.
Finalmente, la obra explora el paso del tiempo. El cierre de la puerta marca el fin de la negociación y el inicio del acto. Es una pintura del instante decisivo. Los pliegues profundos y atormentados de la cama prefiguran la agitación de los cuerpos. Fragonard transforma una anécdota galante en un drama universal sobre el deseo humano y el encierro voluntario en la pasión.
Un secreto fascinante revelado por las restauraciones concierne a la estructura de las cortinas. La forma de la cortina roja a la izquierda ha sido interpretada a menudo como una representación metafórica de la anatomía femenina. Más inquietante aún, algunos investigadores sugieren que la silueta del amante podría ser un autorretrato idealizado del pintor, proyectando sus propios deseos en esta puesta en escena.
Una anécdota poco conocida vincula este lienzo a su dimensión moral oculta. Aunque considerada erótica, la obra servía de advertencia contra la imprudencia amorosa. El jarrón volcado y las flores esparcidas simbolizan tradicionalmente la pérdida de la virginidad. La dualidad con su pareja religiosa muestra que Fragonard veía en estos extremos las dos caras del alma humana.
Estudios recientes sobre los pigmentos han mostrado que Fragonard utilizó lacas rojas extremadamente costosas para obtener esa profundidad de sangre y pasión. El contraste entre el rojo sangre y el blanco virginal del vestido crea una tensión cromática que simula la excitación del momento. Este cuadro está diseñado para turbar el ojo tanto como la mente del espectador del siglo XVIII.
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